Me gustas así de loca - Rocío Vivar
- 4 feb 2024
- 3 min de lectura
Este texto fue escrito a propósito del taller de escritura "Nocturnas, funestas y realistas: taller de lectura y escritura de narrativa breve", que dictamos durante los meses de enero y febrero de 2024.

Me gustas así de loca
Por Rocío Vivar
Fui a la bicicletería de Don Roque. Llevé mi rodado para que le inflen bien las ruedas. Desde que aumentaron el precio de la nafta la empecé a usar más. De camino al local tarareé Loca me gustás así de loca inestable y caprichosa mucho mejor que el vino son los besos de tu boca.
Cuando llegué al local no estaba Roque, pero sí su hijo, que cuidaba del negocio cuando el viejo viajaba a Corrientes. El servicio a la bici tardó 20 minutos y el hijo de Roque no me lo quiso cobrar. El pajero no paraba de mirarme las tetas. ¡Para algo sirvió operármelas! ¿Cuánto me habré salvado de pagarle?
En el canasto de la bici encontré un papelito doblado. Ahí estaba el precio a pagar.
Vení a la noche al quincho, vienen todos.
¿Perdón? ¿Quiénes son todos?
Estuve toda la tarde pensando en ese “todos”.
Iba a ir porque no me quería quedar con la duda y para que no digan que la señorita Lopez Sobrador no paga sus deudas.
Cuando entré al quincho, el humo no me dejo ver bien que el lugar estaba repleto de gente. Había un poco de olor a hombre, como de gente que no se bañaba por días. La nube de porro tapaba un poco ese tufillo a entrepierna sudada. Caminé hasta la heladera. Al lado estaban Claudia y Claudia. Si, las dos se llamaban Claudia. Saludé a esas sin muchas ganas. Agarré una coca cola y un poco de fernet y me lo serví en un vaso largo. Le puse hielo y lo mezclé todo con mi dedo, el cual después me lleve a la boca y chupe los restos de ese elixir empetrolado.
Desde la ventana me estaba viendo el hijo de Roque. Se acercó y me dijo:
¿Te gusta llevarte el dedo a la boca?
¡Qué cerdo! ¿Qué era esa forma de saludarme?
Me hizo un gesto con la mano para que fuera hasta donde estaba. Terminamos en el taller cogiendo arriba de la mesada de trabajo. Me agarré a los ganchos de la pared para no caerme mientras él ponía a punto mi libido insaciable. Tras varias embestidas de su cadera contra la mía recordé. Me había olvidado que me gustaba tanto entregarme a ser tocada por ese animalito de Dios. Cuando se sacó la remera vi que tenía tatuado el logo de Patricio Rey en el hombro. Era nuevo. Yo llevaba puesto mi conjunto de Calvin Klein que usaba para que los tipos de moda le pusieran me gusta a mis historias de Instagram. Rugbiers, futbolistas, gerentes de empresas, la cuenta clandestina del cura de la parroquia, Mario. Todos clientes míos del Only Fans. Cuando me dio vuelta para ponerme de espaldas me jalo el pelo desde la colita. Tuve un subidón de adrenalina que me hizo sentir cosquillas en el ombligo. Recordé las antiguas tardes donde robábamos ideas de la revista Cosmopolitan para lograr orgasmos con nombres inventados por la redactora de turno.
¿Te acordás que antes venías solita, sin que te invite?
Y ahí vino otro jalón de pelo que hizo vibrar las raíces en mi cuero cabelludo. La fuerza de su mano era hábil para muchas cosas.
De día lo menospreciaba porque me daría mucha vergüenza que nos vieran juntos.
Pero ahí, en medio de tanto fierro las cosas eran distintas. Las miradas ajenas no perturban ni juzgaban. Tal vez la única mirada que juzgaba era la mía.
Cuando acabamos los dos, me bajé la pollera y limpié mis dedos en su remera. Lo empuje ante el amague que hizo de darme un beso en la boca y me fui del lugar. No en bici, eso sería un atentado para mi pubis que ya había tenido mucha actividad. Tome un taxi. Me da asco tomar taxi desde que conocí la canción de Arjona. Llegué a casa y me dormí sin higienizarme la maleducada.
A las 7 am me preparé para ir a laburar. Fui hasta el patio a buscar la bici. Estaba desinflada otra vez. El arreglo duró lo que dura un pedo en un canasto. A la tarde tendría que ir de vuelta a lo de Don Roque para que me la arreglen. ¡Qué lástima! con lo que me molesta a mi pagar mis deudas con dinero. Here we go again.


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